El Festival de Cine Fantasmagoría en su compromiso por la divulgación del cine fantástico y de género llega con un nuevo libro de su línea editorial: Colombia es fantástica: Una perspectiva profunda hacia la historia del cine y otras narrativas fantásticas colombianas. Se trata de una colección de artículos, ensayos, entrevistas y críticas que proponen un panorama inédito sobre este tema en el cine nacional. Este texto hace parte del libro.  

Oswaldo Osorio 

El miedo a estar en una casa embrujada es distinto al miedo a entrar a una donde se oculta un sicópata asesino. Para el cine, lo primero es horror y lo segundo es un thriller. No obstante, una secuencia de lo uno y lo otro bien podría contar casi con los mismos elementos: una víctima, una amenaza, un entorno desconocido, una atmósfera turbadora por vía de los decorados y la iluminación, suspenso, sorpresas y una banda sonora entre tensionante y “de asalto”. Lo único que cambia es la naturaleza de la amenaza. El espectador lo sabe y también lo siente.    

Solo es una, pero esa diferencia es definitiva. Porque si bien tanto horror como thriller comparten otra muy importante característica, que ambos están en permanente función de jugar con la atención y afectación del espectador, este mecanismo narrativo, a causa de la mencionada diferencia, termina operando de manera distinta en el público, debido a la relación de empatía e identificación que establece con los personajes del relato. Dicho de otra manera, el sentimiento empático del espectador en el thriller es más un temor a amenazas “reales”, que en el cine lo son menos; pero en el horror es el miedo a lo desconocido, generalmente de origen sobrenatural, que en el cine es más real, pues ya lo decía Freud, aunque los fantasmas no existan, el miedo a ellos sí es verdadero. Así que es distinto lo que se siente, por un lado, cuando van a atrapar o a dispararle al héroe del thriller, y por otro, la afección que se experimenta en el horror cuando su protagonista avanza en la oscuridad donde se agazapa una desconocida entidad.   

Así que en el thriller se puede sentir tensión y un cierto temor mediado por lo ficcional, mientras que en el horror es un miedo que puede ser más visceral e irracional, por tanto, más intenso y menos controlable[1]. Eso sí, la condición siempre será el pacto poético, esto es, entregarse a la realidad y al universo propuestos por la película, por eso las condiciones de visualización en el horror son determinantes, porque este tipo de miedo requiere, idealmente, la complicidad de la inmersión en una sala, con su oscuridad, gran formato y sonido envolvente. El thriller, en cambio, se puede disfrutar igualmente sin estas condiciones, porque podría prescindir de lo sensorial y ser suficiente lo intelectual y lo emocional.

Películas frontera

La insistencia en esta diferencia es porque existen películas frontera entre un género y otro, pero también porque hay otras que, simplemente, son mal clasificadas por el público y hasta por sus propios autores, muchas veces porque buscan los efectos del horror, pero con los elementos y recursos del thriller. El referente más claro para entender el primer caso es El resplandor (The Shining, 1980), de Stanley Kubrick, una película en la que diáfanamente se pueden identificar los elementos del thriller sicológico (Jack se desquicia y trata de matar a su esposa), así como los sobrenaturales propios del horror (los poderes del niño y el esquema de casa –hotel– embrujada, con todos sus espectros y apariciones). El segundo caso lo ilustra perfectamente Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, la célebre película que en su momento fue promocionada como cine de horror, pero que realmente es un thriller sicológico, pues la amenaza es el sicópata asesino con desórdenes de personalidad que regenta el Motel Bates.

En Colombia hay muchas películas de horror, aunque no tantas para un país donde su problemática realidad daría para usar más este género como una forma de exorcizar ciertas situaciones y acontecimientos, o como una gran metáfora para representar muchos de nuestros males y sus consecuentes miedos. Además, resulta particularmente extraño que tantas de esas películas, desde las primeras hasta las más recientes, realmente no sean cine de horror, si se tiene en cuenta esas diferencias que propongo.

Solo hay que empezar con los dos referentes pioneros para constatar esto: La película Pasos en la niebla (José María Arzuaga, 1978) y la obra de Jairo Pinilla. En la corta filmografía del maestro Arzuaga esta es su única película de género. Se trata de la historia de una mujer que llega a su finca en silla de ruedas y traumada por la muerte de sus padres. Pero allí empiezan a ocurrirle una serie de extraños sucesos que la llevan al límite de la locura. En principio, parece, de nuevo, el esquema de la finca embrujada, pero pronto el relato se va encaminando por una trama policiaca cuando aparecen dos cadáveres en el lago. Además, un detective es el que conduce buena parte de la trama y quien termina resolviendo el caso de los falsos espantos, todo por el móvil más común que existe, una herencia.

Con Pinilla el caso es todavía más enfático. Funeral siniestro (1977) es acerca de una malvada madrastra que asesina a un hombre e intenta también matar a su hijastra; 27 Horas con la muerte (1981) se trata de la estafa a un seguro (aunque es cierto que tiene un componente fantástico, pero por vía de la ciencia ficción); mientras que Extraña Regresión (1985), si bien su base es sobrenatural, porque hay una especie de reencarnación, todo se desarrolla como una trama detectivesca (y lo único que da miedo es no reírse con una película colombiana donde  los actores hablan en español pero son doblados en inglés y lleva subtítulos).

Falso horror

De acuerdo con esto, tal vez se podría hablar de unas películas que son falso horror, esto es, piezas donde la base del miedo o la amenaza no es nada extraño o sobrenatural, solo que usan algunos recursos del género, ya sea con solidez o de forma engañosa. La película de Arzuaga y las de Pinilla igualmente sirven para referenciar lo uno y lo otro. En Pasos en la niebla la vulnerable mujer es atormentada por cosas como los muertos en su lago, las truchas en la bañera, la cabeza que le cae en el regazo o los zombis que la asedian al final. Sin embargo, cada uno de estos sucesos terminan siendo explicados por el complot creado por su secreto hermanastro con el fin de trastornarla y quedarse con la herencia. 

En sus películas, Pinilla suele usar los recursos del horror, pero muchos de ellos, cuando se mira en retrospectiva el relato, resultan tramposos y traicionan la lógica final de la trama o, incluso, no obtienen el efecto buscado. Así, cuando en la película de Arzuaga la cabeza cae, es porque el asesino así lo planeó, o los zombis resultan ser el mismo asesino y su cómplice disfrazados. En 27 Horas con la muerte, en cambio, cuando las puertas se cierran solas en la casa de la esposa traidora, luego no hay nada que lo explique, pues finalmente el esposo no estaba muerto, sino que lo hizo el director como un artificio, pues solo le importa el efecto del momento, no la coherencia final de su relato. Incluso, hacia el final se trata de un thriller sicológico: primero, con la sicosis de la mujer debido a la culpa por su esposo muerto y, luego, con su desquiciamiento cuando se entera de que sigue vivo.  

En Funeral siniestro ocurre algo todavía más problemático, pues el mismo director anuncia desde antes la razón fisiológica por la que al cadáver de la madrastra se le levanta la mano y se le abren los ojos. De manera que, si bien la niña se puede asustar con estas “acciones” en esa solitaria finca, en el espectador se ve neutralizado el miedo que pueda sentir por empatía, pues sabe que la muerta es solo un cadáver con unas condiciones particulares y no es ninguna amenaza. Algo similar ocurre en Extraña regresión, donde el componente sobrenatural no asusta, todo lo contrario, es normalizado por la trama cuando la joven reencarnada poco a poco descubre la verdad, porque el espectador la sabe desde hace mucho. Es decir, se tata de una película con algunos elementos del horror, pero sin ningún efecto real del género.  

Thrillers con jump scares

Tal vez la película más popular del género para los colombianos es El páramo (Jaime Osorio Márquez, 2011). No obstante, es otro claro ejemplo de un falso horror que termina siendo un justificado y sólido thriller sicológico. El pelotón de soldados que llega a una base militar, que está ubicada en un páramo, es la típica trama de horror sobre unas potenciales y aprehensivas víctimas que entran a un “bosque embrujado”. A lo enrarecido de ese espacio y sus atmósferas se suma la desaparición del destacamento anterior y luego el descubrimiento de una mujer emparedada que, por la superchería de algunos soldados, la toman por bruja. Luego encuentran al anterior destacamento en una fosa común y uno de los soldados es hallado muerto junto a la supuesta bruja.  

Esos sucesos disparan la sicosis de casi todos los integrantes del pelotón y el relato sabe sacarle provecho, tanto a estos acontecimientos como al comportamiento de los personajes, por medio de enfáticos recursos propios del horror, desde un sugerente diseño sonoro, pasando por el suspenso y las falsas pistas, hasta lo obvios jump scares, esos artificios narrativos que buscan el sobresalto del espectador por medio de inesperados cambios en el sonido o las imágenes. A la manera de Los 10 negritos, de Agatha Christie, los soldados van muriendo uno a uno, pero con cada muerte esta historia constata que la tal amenaza sobrenatural no existe y que, en realidad, estos militares resultan ser víctimas de una suerte de histeria colectiva entre unos hombres que, rodeados de muerte y con el instinto violento presto en su mentalidad y en sus manos, se van exterminando entre ellos.

El único sobreviviente (y el público mismo) sale de aquel lugar convencido de que no estaba embrujado, y ahí la película termina, no sin antes propinar el último jump scare, un desgarrador grito de la mujer que, a estas alturas, pasó de bruja a ser una víctima de lo que seguramente fue una sicosis similar del pelotón anterior, que los llevó a confinarla detrás de una pared y hasta a cortarle la lengua. Así que es una película que empieza como cine de horror, pero muy pronto o ya hacia el final, depende de cada espectador, se va tornando en un thriller sicológico, y en retrospectiva solo queda la certeza de que la amenaza no era sobrenatural (aunque sí persistía la real, la de un posible asedio de la guerrilla), sino que lo amenazante estaba dentro de cada uno de ellos y que el miedo a brujas y espantos era infundado.     

La cuestión es que cada vez se hacen más películas con estas características. Solo en 2024 se estrenaron otras dos: La patasola, de Harold Trompetero y Paul Cataño, y Rapunzel, el brujo y el perro, de Andrés Roa Ariza. Ambas se esfuerzan, con irregular fortuna, para hacer su planteamiento y desarrollo como cine de horror, con todos sus tics, gestos y recursos, pero finalmente explican las muertes y extraños acontecimientos por vía de acciones del hombre, por lo que todo lo ocurrido, aunque se parapete en mitos de brujas, duendes y espantos, resulta siendo, en últimas, muy terrenal, es decir, thriller en lugar de horror.

La patasola está basada en el célebre personaje de la mitología popular, esa mujer que, castigada por su infidelidad, vaga por los montes en las noches asesinando a los hombres que seduce, no obstante, en esta película es trocada por una suerte de Norman Bates a la colombiana, esto es, el regente de un hotel campestre que se disfraza como la mujer del mito para torturar y matar a sus huéspedes. De fondo, hay una trama de infidelidad conyugal, codicia por un tesoro y asesinatos. A la Patasola únicamente en un plano se le ve sin un pie, un artificio propio del falso horror que es la película, porque casi siempre es evidente el doble personaje que interpreta el actor Robinson Díaz.

Rapunzel, el brujo y el perro, por su parte, a pesar de ser una película hecha con menos medios y en algunos aspectos se nota lo primerizo de su director, es una obra más compleja y sin tanto esquematismo, empezando porque sabe incrustar los códigos del horror en la realidad nacional, en este caso, en el contexto del conflicto y la ruralidad del país. Su historia es la de un soldado que, luego de muchos años, escapa del cautiverio en que lo tenía la guerrilla y es acogido por una familia que había perdido a su hija años atrás. Se supone que fueron los duendes y que el tío de la niña es un brujo que intenta recuperarla, pero finalmente el relato revela que él mismo la secuestró y que nada de aquello de los duendes y la eficacia de sus oscuros ritos es real.

Los autores y el público

De estas películas frontera, aquellas que mezclan coherentemente ambos géneros tienen toda validez, además, estas combinaciones son una vieja característica de la industria, y más si se trata de géneros que tienen tanto en común. El falso horror, sin embargo, deja muchos interrogantes, tanto en las intenciones y aptitudes de sus realizadores como en el efecto que tienen en el público.

En relación con sus autores, se podría pensar que, en películas como Pasos en la niebla, El páramo y Rapunzel, el brujo y el perro, hay una consciente intención de hacerle creer al espectador que se trata de cine de horror, por lo que usan sus recursos e incluso así las promocionan, pero tienen claro que la naturaleza de la amenaza no es sobrenatural, por lo que sus historias las desarrollan y resuelven en consecuencia con esto. Otra cosa sucede con las películas de Pinilla y con La patasola, en las que no hay certeza de si sus realizadores tenían claro la distinción entre géneros, ni si les importaba la mezcla espuria, o si tampoco tenían problema con que el artificio que podía funcionar en medio del relato, al final quedara en evidencia su gesto tramposo.

En cuanto al efecto con el público, es posible que muchos se sientan defraudados cuando al final se dan cuenta de que, por ausencia de espantos, no vieron una película de horror y que todo fue un juego de trucos y engaños, pero con trampas que luego no se sostienen. O, así mismo, es claro que hay mucha diferencia entre lo que siente el espectador cuando, al igual que el personaje, no conoce la amenaza o su naturaleza, a cuando sí es consciente de ella. Bueno, eso sin contar a quienes nos interesa establecer clasificaciones, como los críticos, los festivales o la academia, por lo que toda esta reflexión da lugar a la pregunta: ¿Es horror si solo parece horror? En cuanto a los autores, que hagan la película que quieran, y en relación con el espectador, seguramente cada quien tendrá su propia respuesta.

Publicado en Colombia es fantástica. Vincent Gil Sánchez (Coordinación). Ediciones Sociedad Fantasmagoría, Medellín, 2026, 353 p.



[1] No me interesa establecer esa imprecisa y poco consensuada diferenciación entre horror y terror. Los estudiosos y la cinefilia, en general, tomamos ambos términos como sinónimos. Aunque la sicología sí los tiene bien distinguidos cuando habla de los niveles del miedo, que empiezan con el temor, luego sigue el horror (relacionado con la aversión antes que con el peligro), después viene el terror (cuando la amenaza no se puede afrontar y hasta produce parálisis) y, finalmente, el pánico. 

RECIBA EN SU CORREO LA CRÍTICA DE LA SEMANA