Es solo cine y rock (pero me gusta)

La revista de cine Kinetoscopio en su edición 139 publicó un dossier bajo el título “La cámara y el mito: Ecos del rock y el pop en el cine contemporáneo”. Son ocho escritos que reflexionan sobre la relación entre música y cine sobrevolando por temas como el rockumental, las ficciones y los biopics, o artistas y bandas como The Rolling Stones, Elvis, The Beatles, Bob Dylan y David Bowie. Este texto hace parte de la publicación.  

Oswaldo Osorio  

La banda más grande del mundo, la más longeva y la que mejor representa el espíritu del rock, necesariamente es la que más películas tiene a su haber. Jean-Luc Godard, Hal Ashby y Martin Scorsese son solo algunos de los cineastas que han sido cómplices de su música. En el cine de los Rollings hay de todo, discretos acompañamientos a una gira, puestas en escena en un circo, performances políticos y de vanguardia, idealistas conciertos gratis en un parque, brutales eventos donde asesinan personas, descarnados documentos de lo decadente que pueden ser las estrellas del rock, millares de personas en coloridas celebraciones, publicidad para un gran formato cinematográfico, documentales expositivos, películas de archivo o sexagenarias presentaciones llenas de energía e intimismo.

Cada una de estas descripciones obedece a una de tantas películas, entre las que escoger alguna resulta, más que difícil, necio, porque ellas representan distintos periodos de la banda, así como diferentes momentos históricos del mundo y de la música: los inicios del rock, el hipismo, la sicodelia, el reinado del blues rock, los años perdidos, el arena rock, la vieja guardia, la música de dinosaurios y los íconos incombustibles. Todo porque son la banda que nacieron con el rock y sobrevivieron a su muerte, o lo que es lo mismo: miles de bandas han empezado y terminado mientras ellos han existido, incluso millones de personas han venido a este mundo y lo han dejado mientras The Rolling Stones han estado tocando en él.

Para no abordar esta filmografía de una aburrida manera cronológica, la dividiré en cuatro tipologías: las películas entrañables, las mercantilistas, las extremas y las atípicas. En el primer grupo, se podría empezar por su documental de debut, Charlie Is My Darling (Peter Whitehead, 1966), ese en el que unos jóvenes melenudos recorrían Irlanda, hace sesenta años, diciendo que no sabían cuánto tiempo seguirían haciendo eso… que tal vez solo un año o dos. Ese dato ya es un indicio del desenfado y calidez con que se ve aquí a la banda (cosa muy distinta de la caótica y destructiva muchachada irlandesa).

Por esta línea también está The Stones In The Park (Leslie Woodhead, 1969), un festival gratuito que organizaron en el Hyde Park de Londres, un mes antes de Woodstock, y que estuvo marcado por el duelo a su guitarrista fundador, Brian Jones, quien había muerto dos días antes. Se leyeron poemas, se liberaron mariposas y todo fue armonía y melancolía. Culmino este grupo con Shine A Light (2008), donde un Martin Scorsese, reconocido fan que ha usado muchas de sus canciones en sus películas, se pone al frente desde el principio, incluso seleccionado algunos de los temas, pero, sobre todo, disponiendo las diecisiete cámaras de cine y la iluminación que sabía iba a hacer la diferencia con el registro de otras presentaciones. El resultado: puro cine, que fue visto por primera vez en el Festival de Berlín.

Entre las mercantilistas está Let's Spend The Night Together (Hal Ashby, 1983), que no es un documental sino un concert film, registrado en dos inmensos estadios en su gira del Tatoo You. Los colores encendidos de la década del ochenta envolvieron al vestuario y la escenografía, salieron decenas de chicas cuando cantaron Honky Tonk Women y cientos de globos y fuegos artificiales pintaron el cielo, y no necesariamente de negro. También está Stones At The Max (1991), donde varios directores se ponen al servicio del mastodóntico Imax, que no vio una mejor forma para promocionar su novedoso formato que registrando la gira europea del álbum Steel Wheels. Como era de esperar, en esta película todo es colosal: los estadios, el público, gigantes muñecas y lobos inflables y una escenografía cyber-industrial.  

Su documental más convencional, y por eso el más completo, es 25×5 – The Continuing Adventures Of The Rolling Stones (Nigel Finch, 1990), con el que celebraron su primer cuarto de siglo (1987) y la gira de su álbum Steel Wheels (1988). Hay muchas imágenes de archivo de su carrera, presentaciones en concierto y entrevistas a sus longevos cinco miembros: Mick Jagger, Keith Richards, Bill Wyman, Charlie Watts y Ronnie Wood. Se trata de un momento privilegiado para el tipo de reflexiones que hacen, tanto sobre la banda como sobre ellos mismos y la música.

Four Flicks (Marty Callner, 2003), por su parte, es una colección en DVD donde el primer disco es un documental y los otros tres son conciertos en Nueva York, Londres y Paris, diferenciados por ser presentaciones en estadio, arena y teatro, por lo que la experiencia es distinta en cada uno. Además, aprovechan las ventajas de este formato para complementar la película central de cada disco con material extra: comentarios, las animaciones que se vieron en las pantallas de los conciertos, actuaciones con otros artistas, listas de canciones, acceso a bastidores, opción de ver desde ángulos múltiples y hasta versiones piratas de sus canciones. Este es el material audiovisual más vendido de la banda. Por esta misma línea está The Biggest Bang (2007), otros cuatro discos que documentan presentaciones de la banda entre 2005 y 2006 de su gira A Bigger Bang Tour. Y bueno, hay varios discos más que registran giras, pero prefiero terminar esta categoría con Crossfire Hurricane (Brett Morgen, 2012), un documental de archivo que celebra su medio siglo de existencia, aunque no ofrece nada que ya no se hubiera visto, pero funciona muy bien para que los no fans se pongan al día con esta banda.  

En el grupo de las extremas hay dos películas de esas que llaman al escándalo, las mismas que utilizaría quien quiera argumentar aquella famosa pregunta de ¿Permitiría que una hija suya se case con un Rolling Stone? La primera, es la que cimentó la leyenda negra de la banda: Gimme Shelter (Maysles, Maysles, Zwerin, 1970). Unos meses después de Woodstock, la agrupación quiso replicar esa multitudinaria experiencia de un concierto gratis, pero ahora en la costa oeste. Fue en Altamont, California, y el evento estuvo precedido por la muy mala idea de poner a los Hell´s Angels, la ruda pandilla de motociclistas, como seguridad del concierto. Todo desde el inicio fue caos y desorden, llegando a su anti clímax en el momento en que un hombre fue apuñalado por los motociclistas, justo cuando Jagger cantaba Sympathy for the Devil. También hay registro de otras tres muertes y cuatro nacimientos esa noche, la misma en que se da por finalizado el sueño de música, paz y amor del hipismo de los años sesenta. 

La segunda película es Cocksucker Blues (Robert Frank, 1972), donde Frank sigue con su cámara a los Stones durante su gira en Estados Unidos. No hay filtros ni censuras, el lente lo observa todo y la película no se inhibe en mostrarlo: los miembros de la banda rodeados de un enjambre de groupies y yonkis, donde el alcohol, las drogas, el sexo y los comportamientos disolutos era toda esa vida que se desparramaba entre conciertos, viajes y hoteles. Al verse en este decadente espejo, la banda demandó la película, ganando solo a medias, por lo que esta solo se podía presentar una vez por año y con la presencia de su director, quien murió en 2019.

Por último, dos cintas atípicas: Sympathy For The Devil / One Plus One (Jean-Luc Godard, 1968) y The Rolling Stones Rock And Roll Circus (Michael Lindsay-Hogg, 1996). En la primera, al niño terrible de la nueva ola francesa no le importó lo popular de la banda, pues si bien el leitmotiv del filme es una íntima sesión en que los músicos componen, ensayan y graban la canción que da título a la película, en el resto del metraje dispersa cinco viñetas concebidas como performances conceptuales y vanguardistas, que hacen alusión al contexto político y cultural de la época. Todo un banquete de extrañamiento, seguramente más apreciado por la cinefilia más radical que por los desprevenidos y alegres rockeros de entonces; mientras que la segunda, es una inusual presentación en una carpa de circo, donde algunos números circenses alternan con interpretaciones de la banda y de otros artistas como The Who, Taj Mahal, Marianne Faithfull, Jethro Tull y el supergrupo The Dirty Mac, integrado por Eric Clapton, Mitch Mitchell, Keith Richards, John Lennon y Yoko Ono. Es una verdadera celebración musical ungida por el feliz espíritu de esa colorida carpa que los amparaba y un alborozado público que acompañaba con palmas, sombreros y melenas. Aunque se filmó en 1968 para la BBC, solo en 1996 se lanzó públicamente.

Como colofón, algunos títulos de documentales individuales: Being Mick (2001), Keith Richards: Under the Influence (2015), Ronnie Wood: Someone Up There Likes Me (2019), The Quiet One (2019), sobre Bill Wyman, y Rolling Stone: Life and Death of Brian Jones (2029). Solo hay una ficción, titulada Stoned (Stephen Woolley, 2005), sobre su guitarra trágicamente muerto. También es importante mencionar My Life as a Rolling Stone (2022), una serie de cuatro capítulos, cada uno dedicado a un miembro: Jagger, Richards, Wood y el batería Charlie Watts. Juntos, son cuatro horas que dan una versión inédita de los Stones, pues el relato está articulado por íntimas y honestas entrevistas de estos octogenarios músicos que miran su vida, la banda y su relación con los demás con la claridad y sabiduría que da la edad y la perspectiva temporal.

El dato oficial es que, hasta ahora, la música de The Rolling Stones ha sonado en por lo menos 375 películas. Esa sería otra forma de abordar la relación entre esta banda y el cine. Pero quisiera terminar mejor con un jugueteo de la imaginación, diciendo que si, luego de una hecatombe distópica, se perdieran todos los registros del rock existentes, y solo sobreviviera la filmografía de los Rolling, la gente del futuro tendría casi exacta certeza de lo que se trataba el rock, su música, su actitud y la cultura que lo produjo durante más de sesenta años.  

RECIBA EN SU CORREO LA CRÍTICA DE LA SEMANA