Realismo fantástico experimental
Oswaldo Osorio

Esta película es como si Rodrigo D y Los conductos hubieran tenido una hija. De la primera, está esa materia prima del realismo, la violencia y la marginalidad en la Medellín de finales de los años ochenta, mientras que de la segunda tiene su forma de concebir el cine y cierto tono entre místico y fantástico. Son tres miradas a esta ciudad desde el realismo social, el cine moderno y el cine experimental. Cada una a su manera traduce su paisaje y sus problemas, así como ese “no futuro” que, como un fantasma, o incluso como un demonio, parece sentirse cómodo, desde hace décadas, entre sus montañas.
Stillz, el joven, enigmático y muy reconocido director de video clips para grandes estrellas de la actualidad (Bad Bunny, Rosalía), es apadrinado por el espíritu independiente y trasgresor de Harmony Korine para hacer su ópera prima. El código inicial que nos propone en esta película es el del archivo recuperado, esto por cuenta de una cámara robada en la primera escena y a través de la cual vemos el resto del relato. Y bueno, no se le puede llamar relato a la manera convencional, porque el otro código que se impone es el del cine experimental, esto quiere decir que no necesariamente hay una historia definida, ni un conflicto central fuerte, o una construcción de personajes y tampoco una clausura resolutiva del relato.
Lo que sí hay es una propuesta inmersiva y expresiva. Inmersiva en tanto el recurso de esa cámara robada, que lo registra todo, nos convierte en partícipes y testigos directos de cada acción, y nos posiciona como si estuviéramos allí, recorriendo en tiempo real aquellas irregulares calles de un barrio en permanente obra negra. Y expresiva por esa misma errática cámara en mano, por su impostada textura de video, por las luces que parpadean o revientan en medio de la oscuridad, y por una banda sonora que va del naturalismo al estallido, llevada de la mano de los atmosféricos o punzantes sonidos creados por Arca.
Por otro lado, está ese enfático contraste entre el realismo y el componente fantástico, un contraste que va en progresión desde un inicial y espontáneo diálogo entre los jóvenes luego de robar la cámara, con el posterior recorrido por su guarida y su barrio, hasta la aparición hacia el final de una surte de ser de luz extraterrestre, un retorcido demonio y un caballo que habla. Claro, nada de esto último, en este tipo de narrativa, se puede tomar de manera literal, pues ahí es donde, en medio de ese realismo y de ese universo que propone la película, hay que pensar en alusiones y simbolismos que pueden hacer referencia a tantas lecturas como espectadores haya: El caos que define parte de esta ciudad, la oscuridad que la acecha, la ausencia de la familia entre jóvenes y sectores marginales, el reemplazo de esa familia por siniestras hermandades, el deseo de evadir esta realidad, la desaparición o la temprana muerte como lugar feliz…
Finalmente, es necesario comentar ese recurso de la entrevista a uno de los jóvenes, lo cual rompe con los mencionados códigos y tal vez puede ser lo que se siente más forzado y menos orgánico de la película. El testimonio duro y desgarrador de este joven es cierto que nos da mayor información, por extensión, sobre el grupo de personajes, pero no deja de ser un artificio que puede rayar con el sensacionalismo y que lo saca uno de esa expresiva inmersión mencionada antes.
Aun así, celebro una película como Barrio triste, que explora y se arriesga, que transita los territorios del largometraje experimental, tan escaso en el cine colombiano, que juega con la relación entre imagen y sonido, y que propone una mirada diferente, más sensorial, alegórica y conceptual, sobre unos personajes, lugares y temas que ya hemos visto mucho en el cine de esta ciudad.
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