O la ciudad devota, del crimen y colorida

Oswaldo Osorio

Hay películas que contradicen lo que la gran mayoría supone que es el cine. Películas que ni parecen películas, que recorren rutas inesperadas y aventuran combinaciones improbables. Esta ópera prima de Simón Vélez pertenece a este tipo de cine. Una pieza que, por inclasificable, implicará la incomodidad de muchos espectadores, pues en su premisa es un thriller, pero tiene devaneos con la comedia; es realista y por momentos surreal, absurda y hasta experimental; se ve muy profesional en unos pasajes y en otros parece un divertimento de aficionados; y también es un derroche de imágenes y situaciones prosaicas, aunque no evita ciertas fugas poéticas.

Se trata de la historia de un colombiano radicado en Francia que es comisionado para venir a Medellín y robar una esmeralda de una iglesia. Lo hace y la película termina. Lo cuento sin miedo a arruinarle la experiencia a nadie, porque en un relato donde el argumento no es lo importante, los espóilers no tienen trascendencia. Y es que lo significativo de la propuesta está en lo que parece ocurrir casi por accidente o como una digresión del argumento: Comprar ropa deportiva en el centro de la ciudad, comerse un tamal, bailar salsa, deshacerse de un cadáver ajeno… o simplemente manos tocando piedras preciosas, solo porque sí.

Machado recorre esta Medellín, siempre propensa a persignarse, disfrazado de cura y haciendo cosas non sanctas. La ciudad se revela a su paso sin ánimo turístico, pero sí dejando indicios de su color local tan particular, desde las apiñadas calles del centro llenas de gente y venteros ambulantes, hasta el arcoíris de su flora y fauna. Hay mucho de extrañamiento en la propuesta dramática del relato, pues la despreocupación de Machado para tomarse una sopa o asesinar a un sacerdote son equiparables. Por eso decir que esta película es un thriller solo es nominal, porque la emotividad y tensión propias del género se diluyen en la comedia seria y en lo trivial de ciertas situaciones.

Igual ocurre con esa suerte de desdramatización que atraviesa todo el relato, así como con el gesto general de su protagonista. Por eso es una película que se debe asumir de una manera diferente, más de acuerdo con las coordenadas propias el cine moderno, con su desdén por un conflicto central fuerte o su ausencia de realismo sicológico. Su director parece más interesado en un cierto deleite por jugar con las imágenes y su materialidad, el color, los encuadres y un montaje sosegado pero sugerente. También hay una predilección por crear como estampas en movimiento, esto es, unas imágenes que tienen un atractivo y fuerza por sí solas, sin que necesariamente tengan que ver mucho con la ya trasparente trama o con lo sucedido antes o después de ellas.

Por eso es difícil decidir sobre qué es esta película, de ahí que lo recomendable es abandonarse a sus estímulos a la sensorialidad, ya visual o sonora, a la imagen inesperada aunque potente, a la situación absurda pero insinuante, a que todo no tiene que ser lógico ni ordenado, incluso ni siquiera perfecto en su factura. De ahí que ver esta película es someter al rostro a los más disímiles gestos: arrugar la nariz, abrir los ojos, arquear la boca o sonreír con una sola comisura. Tal cosa ocurre con muy pocas películas, y eso se agradece.   

 

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