Viaje entre dos mundos
Oswaldo Osorio

Mientras la selva urbana es violenta y ciega en su humanidad, la selva natural, aunque también carga con sus violencias, tiene una suerte de sabiduría mística que puede ser leída por aquellos que la habitan y que desprenden de ella su identidad. Esta película pasa de una selva a la otra, sigue a una joven indígena con su hija, quienes saben que el hogar se encuentra es donde están sus raíces, y así lo pone en evidencia este relato donde la precariedad y hostilidad del entorno son contrarrestados por una búsqueda física y espiritual.
Juan Andrés Arango ya había hablado de violencias y desplazamiento en sus dos primeros largometrajes: La Playa D.C. (2012) y X500 (2017). Lo hizo con la comunidad afro y ahora lo hace con la indígena. Para hacerlo, estructura claramente su relato en tres momentos: la ciudad, el viaje y la selva. Eso le da una particular y diversa configuración a esta historia y su relato, pues empieza como ese cine urbano marginal propio del realismo social, luego se transforma en una road movie, para finalizar en el misticismo de un entorno que presenta casi como sagrado.
Esta obra no es tan sugerente con su tema como las anteriores, aquí su director y guionista empieza sin sutilezas, evidenciando ese contraste entre el origen y naturaleza de los indígenas frente al más adverso y hostil de los contextos. Están en el escalón más bajo de la supervivencia en la ciudad, apiñados en inquilinatos y rodeados de violencia y degradación. Incluso la muerte del niño parece un recurso obvio para impulsar a la protagonista a regresar a su mundo. De todas formas, esta primera parte opera contundentemente como denuncia y reflexión sobre el problema del desplazamiento forzado de estas comunidades, así como de la enorme pérdida de su cultura e identidad ante semejante panorama.
Cuando se convierte en película de carretera, a pesar de haber abandonado aquel nefasto lugar, la incertidumbre no cesa, al contrario, las carencias y el desamparo intensifican la tribulación. La diferencia ahora es que madre e hija cuentan con una suerte de escudero, otro joven caído en desgracia, tanto o más perdido que ellas, pero que representa una cálida compañía, incluso una esperanza de futuro. Como la mayoría de películas de carretera en Colombia, el país queda retratado en sus carencias y contradicciones: Desde la solidaridad que pueden mostrar los extraños hasta la agresividad de los que quieren ser dueños de todo; o dando cuenta de la diversidad y exuberancia del paisaje, pero también de las miserias y desigualdades de quienes lo habitan.
Ya en la selva, el tono cambia radicalmente, empezando por la atmósfera visual y sonora, pero, sobre todo, por la condición de las protagonistas, quienes, ya en el anhelado hogar (aunque sin casa), respiran confianza y tranquilidad. Otro precio paga el escudero, quien ahora es el que se encuentra en un entorno ajeno y hostil, y además con culpas por pagar. Esa inversión de roles saca a flote la naturaleza de la película y la premisa que quería desarrollar: En un relato donde es inevitable empatizar con sus personajes, vivenciar y padecer su periplo entre dos mundos opuestos, queda expuesto el país y muchos de sus males, así como esas fuerzas esenciales que prevalecen en la condición humana y en el lugar al que pertenecemos.
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