Declaración política no declarada
Oswaldo Osorio

Sabemos más de la crisis política y humanitaria de Venezuela por las noticias que por su cine, pero las noticias suelen arrojar solo titulares e instantáneas de la situación, mientras que con el cine se puede tener una comprensión más honda e integral de cualquier realidad o coyuntura. La cinematografía venezolana, debido a esta crisis y en la última década, ha sufrido un dramático empobrecimiento, y el escaso cine que se hace, poco ha logrado trascender sus fronteras, y mucho menos uno que hable del crítico estado en que se encuentra el país. Ese es el principal valor de esta película, que, además, por ser de distribuida por Netflix, aún mayor difusión podrá tener.
Aún es de noche en Caracas está firmada por una talentosa dupla de cineastas, la venezolana Mariana Rondón y la peruana Marité Ugás. Ambas han colaborado en la escritura de la mayoría de sus películas, que a veces dirigen juntas, como esta y A la media noche y media (1999), o solas, pero con la producción de su compañera, como esa la excepcional Pelo malo (Rondón, 2013).
Esta nueva película es una adaptación de la novela La hija de la española, de Karina Sainz Borgo, la cual ubica a su protagonista, Adelaida, en la Venezuela de 2017, en el peor periodo de su crisis, cuando la economía terminó por desplomarse, se inició un virulento periodo de protestas ciudadanas y el régimen endureció su represión. El relato es un amplio fresco de todo esto desde el punto de vista de Adelaida, quien es despojada de su casa y asediada por los tenebrosos Colectivos, esos escuadrones paramilitares que atemorizan y extorsionan a la población y suprimen a la oposición.
Para dar cuenta de ese oscuro panorama la película resulta muy eficaz y, por momentos, angustiante. Es decir, claramente hace un abrumador inventario de todos los males del país: la escasez, el abuso de los Colectivos, el miedo, la persecución, las calles tomadas por el terror, la represión, la corrupción, desaparición forzada y los asesinatos extrajudiciales. Sin embargo, a sus directoras parece no interesarles tanto las causas o explicaciones de este estado de caos en que está sumido el país, una decisión que libra al relato de proselitismos y discursos obvios, pero que también puede hacerla caer en el efectismo emocional y la simplificación de la situación y su contexto.
Además, la solidez que se les pudo ver en los guiones de algunos de sus anteriores trabajos, aquí evidencia grietas y elementos forzados, como esa endeble historia de amor y duelo entre Adelaida y su novio periodista, en la que se desvían al tema de la guerrilla sin que puedan conectarlo con nada. Incluso hasta se podría pensar que todo fue para que Edgar Ramírez, el único actor venezolano en Hollywood, pudiera tener un par de escenas y servir de promoción a la película. También la presencia del joven que convive con ella unos días, parece meramente instrumental para soltar algunos datos; así como la poca lógica que tiene que le quitaran su casa, que estaba habitada, pero nunca cruzaran el pasillo para adueñarse de la que parecía desocupada.
Por otro lado (alerta de espóiler), su protagonista –y con ella la posición de la película– resultan muy cuestionables frente a lo que ocurre en Venezuela. Es una mujer que solo piensa en ella, que suplanta, se deshace inhumanamente de un cadáver, insiste en negarle refugio a alguien que lo necesita, es cómplice de la corrupción y en lo único que piensa es en escapar de ese maldito país, sin importar que este se quede ardiendo. ¿Qué podría hacer ella? Tal vez nada, pero jamás hay un gesto suyo que vaya más allá de sus propios intereses y de querer únicamente, a cualquier costa, salvar su pellejo. Es cierto que no había la intención de hacer una película muy política (por más que el tema clamara por serlo), pero ese individualismo, no hacer nada y huir puede verse como la verdadera declaración política de este par de cineastas.
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