Tres pasajes en familia
Oswaldo Osorio

La familia no se escoge. Para bien o para mal. Así lo demuestra Jarmusch con este tríptico en el que desarrolla unas historias definidas por las relaciones familiares y los encuentros, ya incómodos, protocolarios o cálidos. A partir de tres familias y ocho personajes, su director y guionista despliega una serie de emociones y sentimientos definidos por las capas y sutilezas propias de los lazos filiales, esos que cargan con recuerdos que determinan y acompañan siempre la vida de cualquiera.
A este ya icónico cineasta estadounidense no lo veíamos desde aquella película donde se metió, más bien con mala fortuna, en terrenos del cine de zombis: Los muertos no mueren (2019). Pero en esta nueva pieza retoma esa sobriedad y casi laconismo, con un distintivo humor seco, de muchas de sus más reconocidas películas, aunque aquí dándole continuidad también a esa suerte de madurez y hondura vistas en Flores rotas (2005) y Paterson (2016).
Ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia, la película empieza con un Tom Waits (el actor –que no es actor sino músico– más constante en la obra de Jarmusch) haciendo de padre en el primer segmento, un padre visto con distancia y recelo por su pareja de hijos, con quienes protagoniza un incómodo encuentro, lleno de veladuras y titubeos afectivos. Es una relación con más preguntas que certezas, desde las más anodinas: ¿Se puede brindar con agua o con té?, hasta las más graves: ¿Está el padre en bancarrota o no? Aun así, es un encuentro con la ternura de quienes quieren, de corazón, hacer que las cosas funcionen, no importa que sean más elocuentes los gestos y la expresión corporal que sus entrecortados y lacónicos diálogos, todo esto en una calculada combinación que resulta tanto divertida como emotiva.
De otro lado, la incombustible Charlotte Rampling hace de madre con un protocolario afecto para con sus dos hijas, con quienes ha pactado una tarde de té mensualmente. Es una variación del segmento anterior, más acartonada si se quiere, menos divertida, pero tal vez con mayor complejidad en términos de los sentimientos ocultos entre cada sorbo y bocado. Todo, materialmente, está en su lugar con pulimiento y perfección: los muebles, las flores y la mesa con el ágape vespertino; pero en cuanto a las emociones, el asunto, por el contrario, resulta como una madeja de frustraciones, vías sin salida, titubeos afectivos y prevenciones. Aquí, la familia es una cita forzada en la agenda de cada una, aunque, en el fondo, parece que todas la agradecen y que seguramente esperan, con secreta ansiedad, la reunión siguiente.
Jarmusch termina proponiendo un contraste afectivo a las dos previas historias. Aquí, hermana y hermano se encuentran para darle un último adiós a sus padres fallecidos, esto con una simbólica despedida al apartamento donde vivían. Los diálogos entre los gemelos son fluidos y se complementan. Todo el amor y entendimiento que faltaba en las otras dos familias, aquí está casi en clave acaramelada. No obstante, es justo esta conexión del “efecto gemelo” lo que le resta ese mudo conflicto que tienen las otras, y la hace la menos interesante, demostrando, de nuevo, que en la dramaturgia la armonía tiene menos fuerza. Además, el relato se centra más en la nostalgia y la estrecha conexión filial que en el duelo por el que están atravesando.
Sin importar si es en Estados Unidos, Dublín o París, los asuntos familiares terminan siendo una de las cosas más universales de la vida. Jim Jarmusch recoge esta universalidad con sus dudas y conflictos, pero, sobre todo, con sus pequeños gestos, con esas sutilezas que no suelen estar en el centro de un drama familiar, y el resultado son tres historias entrañables, con ese humor distante y contenido ya característico de su cine, así como con un elenco de estrellas, relato sobrio, diálogos puntuales pero ingeniosos, sentido de ironía, alusiones melómanas y Bob es tu tío.
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