El dinero, la amistad y los reflejos del neón

Oswaldo Osorio

La narrativa moderna es un tipo de relato que obliga o induce a poner mucha atención a la forma. Por eso, su disfrute puede estar, más que en seguir la aventura de sus personajes, en estar atentos y darse gusto con las sendas que propone la imagen: su composición, encadenamientos, relación con el sonido, colores, luz y expresión. Con el cine de Wong Kar-Wai siempre ha sido así, no obstante, Blossoms of Shanghai es una serie para televisión, con una trama y argumento definidos, y, aun así, lo mejor que tiene es su forma, porque el deleite por sus imágenes hace que valga la pena ver cada minuto de sus treinta capítulos de casi una hora de duración.

Basada en la novela Blossoms, de Jin Yucheng (2013), la historia se desarrolla en el contexto del proceso conocido como Reforma y apertura, en el que China modernizaba su economía y se abría al capitalismo después de la muerte de Mao y a partir de finales de la década del setenta y durante las dos siguientes. Este cambio es experimentado por un joven, llamado Ah Bao, que va creciendo personal y económicamente junto con la naciente bolsa de valores, convirtiéndose en un referente de su comunidad… eso hasta que llega una bella y misteriosa mujer, Li Li, a montar un restaurante, así como un enemigo de negocios que lo quiere ver acabado. Además, en torno a Bao hay una serie de personajes que conforman su círculo de amigos y colaboradores, quienes desarrollan subtramas argumentales y dramáticas.

No me interesa abordar estas subtramas o los pormenores del gran arco argumental, sería demasiado dispendioso e innecesario, pues lo que me importa es identificar unas constantes presentes a lo largo de la serie, así como esas conexiones y continuidades con la obra fílmica de este incomparable autor. La primera, es la imposibilidad del amor. Si en sus películas el amor es una problemática e inasible presencia, pero con una fuerza tal que lo determina todo, en esta serie es casi inexistente. Así se puede constatar desde el mismo protagonista, que prácticamente es asexual, pues a pesar de que tres muy cercanas mujeres parecen tener interés romántico en él, nunca ocurre nada. Hay dos de ellas por las que hace cualquier cosa para ayudarlas, pero jamás les deparara el más mínimo gesto amoroso, sino que es más bien como una suerte de amigable y casi condescendiente desprecio.

Con Li Li, por su parte, sí se sugiere un mudo y mutuo enamoramiento, pero que no pasa de un distante flirteo por medio de favores en los negocios. Solo uno de los protagonistas está casado, aunque su relación es difícil y sin rostro (literalmente, nunca se muestra completa la cara de su esposa). Y así, toda la serie es una galería de gente sola en términos románticos, o de amores no correspondidos.

En contraste con la falta de amor, lo que sí determina toda la historia es el dinero y el éxito financiero. Y es que toda la trama está definida por el mencionado contexto de apertura económica, por lo que el conflicto general que mueve el relato y los conflictos particulares del día a día están relacionados con los afanes de ganancias, ya sea con un restaurante, con una transacción comercial o con las acciones de la bolsa. En este sentido, es una historia que, en el fondo, resulta más bien árida y poco heroica, incluso hasta molesta, debido a la mezquindad con que todo el mundo, salvo su protagonista, antepone los beneficios monetarios a cualquier otra cosa. Aunque es cierto que la ausencia de amor es reemplazada por los lazos de amistad, que sí resultan entrañables e intensos, y que permanentemente corren en paralelo con esa urgencia de estar siempre pensando en los negocios y sus réditos.

El aspecto visual y narrativo es a otro precio. Aunque sin su compinche Christopher Doyle en la fotografía, Wong Kar-Wai mantiene y hasta enfatiza esa rica y singular estética que creó y consolidó en sus películas. Esos encuadres nunca estáticos, lacónicos o limpios, sino con la exuberancia de unas composiciones sinuosas y etéreas, con planos en constante movimiento, imágenes barridas que se riegan por toda la pantalla y personajes enrejados entre los objetos o el mobiliario; así mismo, haciendo de los decorados de época y del neón protagonistas de unas imágenes que se regodean en la multiplicidad de elementos, de líneas y del contraste entre luces, sombras y color, pero que, además,  muy frecuentemente buscan el reflejo de algún cristal o del agua sobre el pavimento.

La música también, como siempre, reclama un protagonismo que, por ser una serie, adquiere un uso y connotación diferencial al de su cine. La banda sonora está compuesta por cincuenta y siete canciones, muchas de ellas pertenecientes al pop de los años noventa en cantonés y mandarín, pero también con muchos evocadores temas instrumentales que incluso usó en películas como 2046. La diferencia es que aquí hace un uso más melodramático de esas canciones, al punto de dejarlas casi completas, mientras crea collages de imágenes que reviven, por ejemplo, la relación entre dos personajes o hacen el resumen de una subtrama.

Puede que el tema financiero sea un poco desangelado y que el fatídico romanticismo de sus películas no esté tan presente, pero igual ver cada capítulo es una experiencia estética llena de belleza y melancolía, de inventiva visual y pulsión narrativa, también de un ingenuo melodrama que resulta más simpático que molesto. Ver esta serie es sumergirse en un universo emocional, temporal y visual que no tiene comparación con lo que haya hecho otro título o cineasta.

La serie fue emitida entre 2023 y 2024, y ahora se encuentra disponible en MUBI.    

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