La soledad se encuentra con el desamparo

Oswaldo Osorio

Todo en esta película parece conocido, pero Fernando Eimbcke sabe mostrarlo diferente, como si lo viéramos por primera vez, y, como casi todas las primeras veces, la experiencia es agradable y emocionante. Empezando por el esquema general de la historia: El viejo o la vieja gruñona cuya vida se ve transformada por la forzada convivencia con un niño. La vimos en Cinema paraíso (1998), Estación central de Brasil (1998), Up (2009), St. Vincent (2014) y en muchas otras.  

La diferencia empieza por la simpleza e intimismo con que este director mexicano (en complicidad con su coguionista Vanesa Garnica) construye sus historias y personajes. Así lo vimos en su desenfada y por tantos querida Temporada de patos (2004), en la introspectiva y melancólica Lake Tahoe (2008), en la dulce y cálida Club Sándwich (2013) o en la divertida y entrañable Olmo (2025). Bueno, y con este rápido y adjetivado recorrido por sus largometrajes de ficción constato la calidad y solidez de su filmografía. Otro raro caso de esos directores sin película mala.  

En Moscas, la vieja gruñona es Olga, interpretada por esa confiable y consistente actriz que es Teresa Sánchez. Su rutinaria y metódica vida se ve trastocada por la necesidad de alquilar una habitación a un hombre y a su hijo, quienes esperan la recuperación de su esposa y madre en un hospital cercano. El niño termina conviviendo mucho tiempo con ella y el relato impone la mencionada y conocida dinámica del contraste de edades y hábitos, así como la obligada negociación doméstica por cada acción y espacio de la casa.

Ese arco de transformación, tanto de Olga como de la relación entre ellos, es lo más predecible, pero hay que insistir que aquí importa más el cómo se hizo. Y hay que empezar por la preponderancia de la imagen y la acción sobre los diálogos. En un blanco y negro que recalca la austeridad de las palabras, del dinero con que cuentan y hasta de las emociones, Olga y el niño forcejean sus términos de convivencia con tozudez por parte de ella y desenfado en el caso de él. Eimbcke no empalaga con los sentimentalismos y emociones fáciles que tanto le hemos visto a relatos de este tipo, incluyendo las mencionadas antes, las cuales, aun siendo grandes películas, eventualmente apelan a esto.   

Cuando la armonía y complicidad entre la dispar pareja empieza a prosperar, podemos verdaderamente ver de lo que están hechos, así como el juego de sutiles emociones que afloran en la relación. La generosidad y empatía de ella, que habían sido sepultadas por la amargura de la soledad; y el miedo y la tristeza del niño por la suerte de su madre, antes inhibidos por su vivaz sentido de supervivencia. Con la unión de estos sentimientos, el relato adquiere una entrañable emotividad, pero desde el gesto sencillo y la contención de expresiones obvias.

Es una situación en cuya base está el riesgo de pérdida y muerte, la soledad, la amargura, el abandono y la tristeza, pero aun así, ninguno de estos adversos sentimientos se impone, pues el relato y la construcción de personajes saben canalizar la historia hacia una suerte de fábula cálida e intimista, incluso divertida y redentora. Una película bonita e inteligente, con la que uno termina agradecido después de verla.

TRÁILER

 

RECIBA EN SU CORREO LA CRÍTICA DE LA SEMANA