El mundo se agrieta y lo siguen perforando
Oswaldo Osorio

Cuando se juntan un director doble ganador del Oscar y el actor de acción más exitoso de las últimas tres décadas, no para hacer otra película de Hollywood que replica una fórmula probada, sino para correr riesgos con una pieza atípica y estridente, se siente un regocijo que permite mantener la fe en el cine. Con un personaje que representa la mala conciencia del capitalismo, una inminente catástrofe mundial y un doble relato que dimensiona la historia, Iñárritu crea una obra potente e inteligente, que vocifera verdades sin sutilezas, y la pone al servicio actoral de Tom Cruise, quien sabe responder al desafío.
Al magnate petrolero Digger Rockwell le importa más su moribundo gato que la muerte del planeta mismo, de la cual bien puede ser uno de sus artífices. Es dictatorial en sus relaciones, vulgarmente cínico y su único mantra es el de los beneficios económicos. Al enfrentar una cataclísmica crisis, que él mismo provocó, termina rodeado del presidente de los Estados Unidos y su gabinete, con lo cual el tono del relato definitivamente recala en la farsa, donde personajes extravagantes y caricaturescos se trenzan en una histérica baraúnda que, por momentos, toca las fronteras del absurdo. El humor ingenioso y los guiños procaces contra este tipo de hombres y lo que representan, aparecen en cada momento de la historia y rincón del encuadre.
Y de pronto… (advertencia de espóiler) todos estos personajes asumen otro gesto cuando se descubre la tramoya de la obra en la que actúan. Ahora Tom Cruise no solo es Digger sino también Curtis, un reconocido actor. Y el cine se vuelve teatro, pero el teatro más cinematográfico que se haya visto. Entonces somos testigos de un múltiple desdoblamiento, tanto de los personajes, como del espacio, de los puntos de vista y de la historia misma. De manera que la unidimensionalidad de los personajes cobra otro sentido, la mirada frontal se vuelve panóptica, las imágenes se desdoblan como un libro animado y el drama personal contrasta con el farsesco.
Así que vemos correr entrelazados esos dos flujos narrativos, manteniendo la preminencia la farsa, donde los políticos estadounidenses y las corporaciones quedan en evidencia desde los argumentos planteados y en ridículo por como son retratados; y aquí el panorama propuesto por Iñárritu y sus coguionistas es más que desolador, pero con la claridad de no caer en el maniqueísmo de condenarlos solo a ellos, sino repartiendo también la culpa a los millones de cómplices silenciosos.
La otra línea argumental es, naturalmente, más contenida, con un tono de una callada opresión, como si el mundo afuera ya estuviera muy mal. Las inseguridades del actor, una hija desaparecida y los conflictos tras bambalinas permiten desplegar las sutilezas y matices negados premeditadamente por la farsa política. Es como un relato con doble personalidad, donde no hay un doctor Jekyll, sino que ambos son el señor Hyde.
Pasando un poco agachado por Biutiful (2010), con solo ocho películas, este director mexicano, que no se dejó domesticar por Hollywood (cosa que no se puede decir tanto de sus dos cuates Cuarón y Del Toro), ha demostrado que es de los nombres significativos del cine mundial de este siglo, haciendo una película mejor después de otra, siempre cambiando de rumbo, porque si en Bardo (2022) nos condujo a lo más introspectivo de su mirada, con esta se va al extremo opuesto, observando a lo ancho del mundo y a la distancia de su futuro, y lo que dice no es nada halagüeño, pero decididamente lúcido y contundente.
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