Un clásico del cine y el genio que lo creó
Oswaldo Osorio

Esta película es, por supuesto, una carta de amor a la nueva ola, un apasionado homenaje al filme Sin aliento (1960) y una declaración de admiración por el genio de Jean-Luc Godard. Es también, claro, una obra más propicia para cinéfilos, en particular para quienes tenemos un especial aprecio por este movimiento que transformó tan significativamente el cine. Aunque es difícil que este aprecio no sea casi una condición para ser cinéfilo.
Guardadas las proporciones, el cineasta estadounidense que la firma tiene un carácter fílmico similar al del francés, esto en tanto tiene una obra tremendamente disímil entre unas películas y otras, también por su cinefilia y por su permanente espíritu de explorar distintas y nuevas formas expresivas con el cine. Y es que Linklater puede ser un austero director de cine independiente con filmes como Slacker, SuBurbia o The Tape, pasando por títulos tan comerciales como Escuela de rock o Cómplices del engaño, hasta búsquedas estéticas como Waking Life y A Scanner Darkly, así como piezas autorales únicas como Boyhood o la trilogía de Antes de…
Nueva ola francesa (2025) es la ficcionalización del diario de rodaje de Sin aliento. Aunque Linklater empieza enmarcándolo en el estreno de Los 400 golpes (Francois Truffaut, 1959), esto solo es para referenciar al célebre movimiento al que pertenece y, especialmente, para dejar en claro que Godard no es Truffaut, muy a pesar de todos los que rodean a este crítico, que aún no ha hecho un largometraje, quienes quisieran que él también fuera tan cálido personalmente y su cine tan entrañable como el de su amigo.
“Él no es Truffaut… ni siquiera Chabrol.” Repiten constantemente todos. Y efectivamente no lo es, y tal vez esta es la base de la premisa de esta película, a la cual lo que más le interesa es demostrar lo diferente que era Godard, tanto de sus amigos y congéneres como de cualquier cineasta. Y no solo cineastas previos a él, sino también posteriores, afirmo sin temor a ser exagerado. Porque desde las decisiones que empieza a tomar en la preproducción, hasta esos inusuales veinte días de rodaje, todo el relato es una antología de máximas, actitudes y lecciones sobre cómo concebir el cine, el arte, la vida y la búsqueda de nuevas vías, distintas y a contracorriente, para contar, crear y expresarse con imágenes en movimiento.
La seguridad con que Jean-Luc Godard toma estas decisiones y asume el cine tiene mucho de arrogancia y tozudez, pero así debía ser para defender su inusual visión, para que nadie dudara de él y lo siguieran en ese camino sin senda que se estaba abriendo y que haría historia, pero una historia de experimentación y trasgresión que no habría de abandonar aun en sus últimas obras, a los más de los noventa años.
Ahora, para quienes conozcan bien el contexto y los autores de aquel iluminado periodo, así como la ópera prima de Godard, esta película es todo un festín de guiños, citas y homenajes salpicados por el aprecio, la admiración y la nostalgia. Desde el gran parecido de todos los actores con los personajes históricos, hasta el calco de las escenas que reproduce.
En esta misma línea, aunque solo algunas escenas fueron rodadas en fílmico, a toda la película se le dio un acabado como si fuera tal, potenciando el estilo y la textura de los filmes de aquella época, por lo cual verla en una sala de cine le agrega un placer adicional, y casi lo transporta a uno a esos años en que unos jóvenes dijeron que no solo eran directores de cine sino también autores, y con eso redefinieron tanto la forma de hacer muchas películas como la manera de verlas.
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